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Jueves, 20 de agosto de 2009
José María Suárez Gallego
Publicado en diario
el domingo 23 de agosto de 2009.

El psicólogo y médico anatomista del siglo XIX Oliver Wendell Holmes fustigó desde su retranca de profesor “made in Harvard” el puritanismo feroz de sus antepasados, y puso en solfa el de sus coetáneos bostonianos desde un genuino sentido del humor yanqui. He de admitir que el tal Holmes –me refiero al médico escritor y no al legendario detective británico— hubiera seguido siendo para mí un ilustre desconocido si no hubiera sido porque escribió un libro, a modo de charla en prosa, titulado The autocrat of breakfast table (El autócrata del desayuno. 1857). Navegando por internet a la búsqueda de una sola gota de aceite de oliva en la historia de los desayunos norteamericanos me encontré con él, y ciertamente nada tiene que ver con las tostadas mañaneras.
El hecho es que accedí al libro de Holmes, comprobando que la alusión al desayuno que se hacía en el título no se refería a la acción de romper el ayuno nocturno, que era lo que de verdad me interesaba. Entresaqué de él, bote pronto, algunas frases pese a mi torpe inglés: “El ruido que produce un beso no es tan fuerte como el de un cañonazo, pero su eco dura mucho más tiempo”. Y esta otra: “El espíritu de un fanático es como la pupila del ojo; cuanto más intensa es la luz que le llega, más se contrae”.
Por fin encontré en el libro de Holmes una pequeña referencia a las viandas que justificara lo del desayuno del autócrata: “Los hombres, como las manzanas y las peras, toman un poco de dulzura antes de que comiencen a estropearse”. Ello me hizo pensar cuan longevos son los tiranos, los caciques, los dictadores y los poderosos fanáticos, y cómo al final de sus días nos muestran siempre una plácida apariencia de abuelitos entrañables. A esa edad sólo se desayunan con las ínfulas del cisne que está presto a cantar antes de morir. Sólo su arrogancia cruel les ha hecho creer durante toda la vida que, como al gallo desquiciado, el sol ha salido cada mañana exclusivamente para oírlos cantar a ellos sus nanas de muerte y sufrimiento.
Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)