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Domingo, 14 de junio de 2009

El vino, entre el mito y el rito. Ensayo publicado por el cronista de Guarromán, José María Suárez Gallego, en la revista literaria La Tregua.

 

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Pese a que al pueblo de Israel se le denomine en la Biblia como “la viña del señor”, y el bíblico Noé sea tenido como el mítico descubridor de las excelencias del vino, en nuestra cultura, tan enraizada en la de los pueblos semitas,  hablar de él en público, llegando a ensalzarlo y a glosarlo, es algo que hasta no hace mucho tiempo no sólo tenía mala prensa, sino que no era tema apropiado para tratarlo en el ámbito académico. No era cosa de gente cabal, que dirían los flamencos y los taurinos.

Eso de hablar del vino era cosa propia de las tabernas, de su entono y de sus parroquianos, por mucho que Dumas, padre, se empeñara en afirmar que “el vino es la parte intelectual de la comida”, y que el inefable Álvaro Cunqueiro en uno de sus artículos titulado “Las buenas cosas” nos dijera «sin vino no hay cocina, y sin cocina no hay salvación, ni en este mundo ni en el otro», sabia enseñanza que había aprendido del periodista, escritor y polígrafo Pedro Mourlane Michelena (1888-1955), “estando ambos dando fin a unas perdices manchegas, que no las   comió mejor escabechadas mi señor don Quijote en las ventas de Puerto-Lápiche o en las del «antiguo y conocido campo de Montiel»”.

Lo cierto es que durante mucho tiempo, aunque el vino fuera la parte intelectual de la comida, estaba vedado como tema de conversación pública de los intelectuales, y aunque fuera el germen de la salvación en este mundo y en el otro, era propio de los perdedores vitales, esos que cada día recibían un doctorado honoris causa en el aula magna de la calle, en el pupitre en el que se convierten los mostradores de las viejas tabernas del sur cuando las guitarras quiebran con sus bordones las aristas de los días, precisamente cuando se le acaba ganando la partida a la existencia con un volapié de requiebro en los mismos cuernos del destino.Hasta hace bien poco eso de que el vino y las tabernas formaran parte de la cultura oficial no era más que una tímida pretensión de quienes querían dar a su afición a la tertulia, con vino de por medio, una noble legitimidad. ¡Como si la necesitara el crisol en el que el cante y los toros se hicieron verbo! El verbo, que, irremediablemente, acabó haciéndosenos patria entre nosotros.           

Hay quienes, pese a todo, en torno al vino han orquestado históricamente una cultura de  la hipocresía. Son los puristas de siempre, que haberlos los ha habido, háylos, y los habrá,  siendo significativos como arquetipos de ellos los ortodoxos del toreo y del cante, los cuales les llevan décadas de ventaja de purismo puritano a los puristas del vino. Contra ellos han peleado todas las huestes de la cultura heterodoxa, ciertamente con resultados desiguales.

Esta hipocresía frente al vino y a sus efectos, el pueblo llano, parangón del tabernismo desharrapado, lo traslada a su cultura popular a través de las letras de alguna canciones, que más que himnos son sentencias, como la de este corrido mejicano, que muy bien pudiera haberse cantado también a este lado del Atlántico en cualquier época de nuestra historia, y en cualquier taberna de nuestra geografía:                                                            

 Cuando un pobre se emborracha  

con un rico en compañía,    

 lo del pobre es borrachera  

 y lo del rico alegría”.

 

 

[…]

 

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Por: ©José María Suárez Gallego | Actividades del Cronista de Guarromán | Comentarios (0) | Referencias (0)

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