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Miércoles, 09 de agosto de 2006
José María Suárez Gallego
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(Publicado en
, sección "Pimienta molida", el miércoles 9 de agosto de 2006.)
Nunca he llegado a tener claro si la afición a viajar es la responsable última de la querencia que se le tiene a la buena mesa, o es el natural apego que le profesamos a todo cuanto en las ollas cuece lo que nos mueve a ir de aquí para allá, buscándole el norte a los hilillos de humo que se les escapan a los fogones por las chorreras de las chimeneas.
Ciertamente, los sabores como los paisajes no viajan, de ahí que tengamos que ir a rescatarlos a la magia misma de sus confines, cobrando sentido entonces la razón última del llamado turismo gastronómico en el que los “gastronómadas”, mejor que nadie, gozamos de los paisajes de los sabores, o tal vez, si afinamos más los conceptos, acabamos gozando de los sabores que cada paisaje guarda en los vericuetos de sus lejanías. La geografía gastronómica es mucho más profunda que lo que a primera vista nos pueda sugerir el hecho de tirarse a los caminos sin otro santo al que encomendarse que al que nos llena la andorga.
En la brújula viajera del “gastronómada”, como diría el matemático francés René Thom, “lo que limita lo verdadero no es lo falso, sino lo insignificante”, de ahí que el amante de los paisajes y los sabores se recree en lo auténtico antes que en la parafernalia con la que algunas veces nos enmascaran lo que saboreamos. El buen “gastronómada”, es bueno saberlo, puede llegar a gozar más con la compañía y el entorno de un buen plato que con el contenido culinario del mismo.
Un “gastronómada” empedernido es un navegante impenitente que tiene su particular Itaca de sabores allende donde dan bien de comer y a las sobremesas, al hilo del último sorbo de vino, le crecen las palabras y las ideas como a los olivos de este tierra le salen las aceitunas.
Será por ello por lo que el mejor premio que un “gastronómada” puede darle a un establecimiento de hostelería es su compromiso de volver a él para repetir la experiencia gastronómica. Buen trato y una razonable relación entre precio y calidad es lo que el buscador de sabores, el ejerciente del turismo del paladeo, espera encontrar cuando llega a un lugar para comer.
Aquellos establecimientos que se dejan llevar por la tentadora filosofía del nefasto refrán: “Al ave de paso, cañazo”, no hacen otra cosa que matar la gallina de los huevos de oro antes que ésta comience a ponerlos.

Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)