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Domingo, 31 de julio de 2005
José María Suárez Gallego
Presidente de la Academia de Gastronomía y Cultura Tradicional del Alto Guadalquivir
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(Publicado en el Diario Jaén el 22/07/2005)
Las referencias a las pitanzas en las andanzas del Quijote son mucho más que un mero recurso literario al que recurre Cervantes para construir la cotidianidad y el costumbrismo de las escenas quijotescas. Llegan a ser, en algunos casos, mensajes por descifrar en los que el autor, a través de las buenas dotes de observación de las que nos da sobradas muestras, nos van poniendo de manifiesto los aspectos sociales, económicos y religiosos que rodean a los personajes de la obra. No es casual que muchos de ellos guarden en sus nombres, a modo de un deliberado juego de Cervantes con los lectores, irónicas y jocosas referencias culinarias y gastronómicas.
Así el pretendido escritor árabe a quien Miguel de Cervantes le atribuye la autoría del Quijote, Cide Hamed Benengeli, esconde en su apellido un sinónimo de berenjena según se hace patente en el siguiente texto que corresponde al capítulo segundo de la segunda parte:
“-Yo te aseguro, Sancho –dijo don Quijote-, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.
-Y ¡cómo –dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!
-Ese nombre es de moro –respondió don Quijote.
-Así será –respondió Sancho-; porque por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas.
-Tú debes, Sancho –dijo don Quijote-, errarte en el sobrenombre de ese Cide, que en arábigo quiere decir señor.
-Bien podría ser –replicó Sancho-; mas si vuesa merced gusta que yo le haga venir aquí, iré por él en volandas.” (II,2)
En realidad, Benengeli significa aberenjenado, pero Sancho, que evidentemente no conoce la lengua árabe, lo relaciona directamente con esta hortaliza, tal vez amparándose en la considerable presencia que la berenjena tenía entonces en la cocina tradicional andaluza, de notables raíces moriscas, y que Cervantes debió conocer en sus viajes por Andalucía ejerciendo las funciones de comisario de abastos y requisador de trigo y aceite para la Real Armada.
El propio apellido del escudero Sancho Panza hace referencia al nombre con el que popularmente se ha conocido el recipiente humano (la barriga o el vientre) donde van a parar los alimentos en el cuerpo. Su estirpe es invocada por Sancho cuando se niega a seguir ejerciendo las funciones como gobernador de la ínsula Barataria:
“Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo.” (II,53).
Su origen modesto y el de sus antepasados los deja patente, también, mientras gobierna la ínsula:
“Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas” (II,45)
Dejándoselo bien claro a Don Quijote:
“...que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabe todo el mundo, y especialmente mi pueblo, quién fueron los Panzas, de quien yo deciendo...” (II,7)
La propensión a los refranes que muestran los Panza, le hace declarar al cura cuando se los oye decir a la mujer y la hija de Sancho:
“Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron cada uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto que no los derrame a todas horas y en todas las pláticas que tienen.” (II,50)
Sancho llegará a jurar por sus antepasados, los Panzas, en el capítulo donde se cuenta la aventura de la dueña Dolorida:
“Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados los Panzas que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su pensamiento ha cabido, semejante aventura como ésta.”(II,40).

Cervantes sigue jugando irónicamente con el apellido de Sancho Panza cuando después de la derrota sufrida por don Quijote ante el Caballero de la Blanca Luna nuestro hidalgo andante quiere retirarse a vivir una existencia pastoril, proponiéndole a Sancho que le acompañe, inventado para él el nombre de Pancino:
“Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos.”(II-67)
Don Quijote, en el penúltimo capítulo de la obra, persevera en la idea de darle ese nombre de pastor a Sancho cuando retorna definidamente a su aldea:
“Respondió don Quijote que él se había de llamar el pastor Quijotiz; y el bachiller, el pastor Carrascón; y el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino.” (II,73)
También pretende que le acompañen en la vida pastoril el bachiller Carrasco y el cura, para quien había decidido que tomara el nombre de Curambro, surgido posiblemente de unir irónicamente las palabras cura y hambre, ésta última forzada al masculino haciéndola acabar en “o”. Este juego de palabras es utilizado ya por Cervantes en el capítulo 39 de la segunda parte al darle nombre al gigante Malambruno, el cruel encantador que castigó a la condesa Trifaldi convirtiéndola en mujer barbuda, y que se vengó de la muerte de su prima, la reina Maguncia, encantando a Clavijo y a la infanta Antonomasia. Para acabar con estos encantamientos don Quijote tratará de batallar contra el gigante, quien para ello le envía el caballo de madera Clavileño en cuyos lomos habría de acudir volando a la batalla.
Cervantes no sólo juega con la palabra hambruna, forzada al masculino, como la escasez generalizada de alimentos, sino que utiliza el germanismo bruno que significa negro o de color oscuro, pero que también denomina una ciruela negra que se cría en el norte de España, a la cual ampara la etimología latina prunum para nombrar este fruto. Al respecto, Diego Clemencin en su edición anotada del Quijote (nota 7; II-39) nos dice que bruno es palabra que aparece frecuentemente para dar nombre a los gigantes en las libros de caballerías, y cita como en el Amadís de Gaula (cap. CXXIX, lib. IV) se habla de las familias de los Brunes, que eran gigantes y señores de la ínsula de Torrebermeja. Pero ya se trate de hambre, ciruelas o gigantes encantadores de rancio abolengo, Cervantes no evita caer en la tentación de dejarnos entre líneas una referencia más de las muchas que hace a las cosas del comer.
No se libra de esta relación entre patronímicos y comestibles la familia política de Sancho Panza, a quienes Cervantes apellida Cascajo. Habla Teresa, la mujer de Sancho:
“Teresa me pusieron en el bautismo, nombre mondo y escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni arrequives de dones ni donas; Cascajo se llamó mi padre, y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a buena razón me habían de llamar Teresa Cascajo.” (II,5)
Denominando de esta forma Cervantes al padre de Teresa pretende dejar claro la modestia de su cuna, toda vez que cascajo hace referencia a los trozos rotos de vasijas, cuando no a los escombros de una obra, pero sin olvidar que también se le llama escombro a la “pasa menuda y desmedrada que se separa de la buena y se vende a menor precio, generalmente para hacer vino” (DRAE), acepción significativa si tenemos en cuenta que estamos hablando de habitantes de La Mancha.
También el DRAE llama cascajo al “conjunto de frutas de cáscaras secas, como nueces, avellanas, castañas, piñones, etc., que se suelen comer en las navidades.”
Pese a todo a Teresa se la suele citar en el Quijote con el apellido de Sancho:
“Así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos.” (I,52)
No siendo siempre así, pues también se la llama por otros nombres. Creemos que en este tema Cervantes no obró deliberadamente, y estos lapsus se deben al evidente descuido y a la falta de rigor organizativo con los que se planteó los capítulos del Quijote, no acordándose de una vez a otra de los pormenores escritos con anterioridad:
“-De esa manera, respondió Sancho Panza, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos Juana Gutiérrez, mi oíslo vendría a ser reina y mis hijos infantes.
-¿Pues quién lo duda?, respondió don Quijote.
-Yo lo dudo, replicó Sancho Panza, porque tengo para mí, que aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios y ayuda.” (I,7)
Si bien, a través de la obra, habrá de prevalecer el nombre de Teresa Panza frente a los otros.
Tampoco se verá libre de este juego cervantino de asociar nombres de comidas con los de los personajes del Quijote el compadre y vecino de Sancho, Tome Cecial, a quien veremos disfrazado de escudero del bachiller Sansón Carrasco, quien fingía ser unas veces el Caballero del Bosque y otras el Caballero de los Espejos, sin llegar a saber Sancho a ciencia cierta si su vecino y compadre era quien decía ser o se trataba de un encantamiento más de los enemigos de don Quijote:
“Sólo sé que las señas que me dio de mi casa, mujer y hijos no me las podría dar otro que él mesmo; y la cara, quitadas las narices, era la misma de Tomé Cecial, como yo se la he visto muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y el tono de la habla era todo uno.” (II,16)
También tras su apellido Cecial escondió Cervantes el nombre que se le da al pescado seco y curado al aire, la única forma que tenía el pueblo llano de tomar pescado de mar en lugares de tierra adentro como La Mancha.
La nobleza surgida de los delirios de don Quijote tampoco habrá de ser ajena a los nombres relacionados con la comida. Así ante una polvareda levantada en el horizonte por un rebaño de ovejas nuestro hidalgo habrá de ver a legendarios caballeros:
“Pero vuelve los ojos a estotra parte y verás delante y en la frente destotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau], que es el principio del nombre de su dama, que, según se dice, es la sin par Miulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe;” (I,18)
Este último duque de Alfeñiquen guarda en su nombre el alfeñique, una “pasta de azúcar cocida y estirada en barras muy delgadas y retorcidas”, según el DRAE, y que a partir del siglo XVIII tomó gran auge en la cultura popular de muchas ciudades de Méjico dando forma con pasta de azúcar a multitud de figuritas de animales, o en su caso calaveras y ataúdes de dulce para celebrar la singular fiesta de Todos los Santos en ciudades como Puebla, Toluca, San Miguel de Allende y Guanajuato, entre otras.
Cervantes hará una referencia directa al alfeñique en la conversación que don Quijote mantiene con el cura mientras nuestro hidalgo va enjaulado, según él debido a un encantamiento fruto de la envidia y el fraude de malos encantadores:
“Pues, ¿qué hermosura puede haber, o qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro o fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique;” (I,47)
El propio don Quijote no se verá libre de que se juegue con su nombre y se le relacione con un guisado de carne cuando la princesa Micomicona hace alusión a él como el caballero que le recuperará el territorio arrebatado por el gigante Pandafilando de la Fosca Vista:
“[…] me pusiese en camino de las Españas, donde hallaría el remedio de mis males hallando a un caballero andante, cuya fama en este tiempo se extendería por todo este reino, el cual se había de llamar, si mal no me acuerdo, don Azote o don Gigote.
-Don Quijote diría, señora -dijo a esta sazón Sancho Panza-, o, por otro nombre, el Caballero de la Triste Figura. (I-30)
Gigote, del francés gigot, es según el DRAE “la pierna de carnero, cordero o cabrito, cortada para servirla en la mesa.” También es un “guisado de carne picada rehogada en manteca”, y por extensión “cualquier otra comida picada en pedazos menudos.”
Por último, y sin ánimo de hacer más extenso este capítulo, el ama para explicarle a don Quijote la desaparición de su biblioteca se inventará a un encantador responsable de ello:
"-Frestón diría, dijo don Quijote.
-No sé, respondió el ama, si se llamaba Frestón o Fritón; sólo sé que acabó en "ton" su nombre.“ (I,7)
Como vemos, Cervantes no elude recurrir a un superlativo de frito, Fritón, para de forma equivoca referirse a Fristón, nombre correcto de un encantador que aparece en Belianís y que residía en la temida Selva de la Muerte.
(Del libro “Mito y realidad de la cocina del Quijote”, de José María Suárez Gallego)
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