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Martes, 19 de julio de 2005
José María Suárez Gallego
Presidente de la Academia de Gastronomía y Cultura Tradicional del Alto Guadalquivir
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En nuestra cultura tradicional, del mismo modo que sucede en otras culturas no europeas, los símbolos forman un lenguaje cuya interpretación es fundamental para escudriñar hasta los últimos entresijos que guarda toda manifestación popular. En el sentido más amplio del concepto, toda romería encierra unos símbolos cuyas claves de lenguaje son ante todo manifiestamente festivas. En el fondo, y más evidentemente en la forma, podemos apreciar que toda fiesta popular, para que lo sea en toda su extensión, ha de contar con dos elementos esenciales: la alegría y la comida. Y, ya sea en las tierras de la cornisa cantábrica, en la meseta central, en las orillas levantinas del Mediterráneo, o en las tierras del sur, la verdad es que contamos con romerías de gran calado etnológico y antropológico que nos puedan servir de ejemplo de ello.
De una forma más didáctica y divulgativa que académica, y tomando las romerías marianas del sur de España como paradigma del resto de ellas, digamos que toda manifestación romera consta de tres etapas bien definidas: El camino hacia la Madre, el encuentro con la Madre, y el desmadre, dicho sea esto último en el sentido más amplio de los excesos y consiguiente pérdida de respeto a la “oficialidad” –ya sea eclesiástica o civil— de las normas establecidas.

El autor ayudando a Antonio Hernández a cocinar un arroz con carne el día de la romería de San Isidro en Guarromán
Efectivamente, en la mayoría de los santuarios la romería acaba en fiesta: es la desacralización del rito y la vuelta al mundo profano después de haber permanecido durante unos instantes en contacto con lo sagrado, el encuentro con la Madre, al que hacíamos alusión. Después del encuentro con lo sagrado los romeros se resarcen del camino penitencial que lleva hacia la Madre,comiendo, bebiendo y bailando.
Valga como botón de muestra un sólo ejemplo de lo que ha quedado escrito en el cancionero popular gallego:
“Miña nai e máis a túa
van xuntas na romería,
a túa estaba borracha,
a miña xa non si tiña”
[Mi madre y la tuya
van juntas de romería
la tuya estaba borracha,
la mía no se tenía]
Una conclusión de urgencia nos lleva a opinar que en estos casos festivos los extremos (penitencia y fiesta) no se contradicen en modo alguno, sino que se refuerzan mutuamente. La cultura tradicional ha sabido integrar secularmente todos los contrarios: a los periodos festivos siguen épocas de penitencia, a éstas de nuevo los festivos: al Carnaval sigue la Cuaresma, a ésta la Semana Santa, a esta última el estío festivo del que nos habla magistralmente Caro Baroja.
La alegría de la fiesta con sus comilonas y sus bailes no son, pues -como pudiera parecerles a primera vista a quienes profesan una cultura urbana- una muestra de la hipocresía de los romeros, sino una consecuencia lógica de cómo atajar los esfuerzos y los sufrimientos realizados durante el camino hasta llegar al santuario. Cervantes, por boca de Periandro, lo justifica así en una de sus obras: Las leyes del gusto humano tienen más fuerza que las de la religión.
Se entiende fácilmente que la romería se haya convertido en sinónimo de fiesta, pues no falta en ella ninguno de los tres pilares que la sostienen: la comida, la bebida y el baile.

"Chaparro de los músicos" en la Pradera de Piedra Rodadera donde se celebra la romería de San Isidro en Guarromán. (El autor con el trombón bajo)
En las romerías, sobre todo en las del sur que son las que tenemos más vividas y estudiadas, se distinguen dos tipos de cocina. De una parte, la que se prepara en la propia casa y se lleva a la romería para tomarla en ella o durante el trayecto. Está formada por platos elaborados siempre por las mujeres, viandas para tomar en frío, la mayoría de ellas carnes empanadas para que aguanten jugosas durante toda la jornada festiva. Adobos de carne, boquerones en vinagre, chacinas fritas, pipirranas, asadillas de pimientos, lomo de orza, queso en aceite, carne con pisto, y fiambres. Es lo que podríamos llamar la cocina de fiambrera apta para tomar durante el trayecto romero y en el prólogo y el epílogo de la fiesta, mientras se enciende el fuego por la mañana, o se preparan las brasas para la caída de la tarde, momento propicio y hora de tomar las chuletas a la brasa. Diferente es la comida que se elabora en el lugar donde tiene lugar la romería. Guisos que se preparan en caliente, en un fuego que se hace con la concurrencia de todos los asistentes, pues cada cuel simbólicamente aportanramitas de leña para su encendido. Arroces, calderetas de carne, “peroles” -sobre todo en Córdoba-, migas, son los guisos romeros por excelencia. En la archiconocida romería del Rocío se suele tomar, además de las tapitas de jamón, queso y langostinos, la llamada “caldereta del Condado”, oriunda del pueblo de Niebla. Incluso se puede llegar al caso en el que una romería se conozca más por lo que en ella de come que por el santo al que se venera, caso de la del del Cristo de Charcales, en Jaén, que es conocida popularmente como la “romería del Cristo del arroz” por ser éste el guiso que mayoritariamente preparan quienes a ella concurren.
Apreciamos que la mayoría de los guisos romeros andaluces que se preparan in situ, tienen la particularidad de estar cocinados por hombres. El español, generalmente fiel a la influenia de tradiciones de origen semitas (arábico-judáica) que cuenta en su cultura, es poco “cocinicas”, como suele decir la voz popular. Al español varón es difícil verlo cocinar, si no es el campo, o si no es la de cocinero la profesión con la que se gana el pan. Lógicamente, pueden contarse notables excepciones, pero no dejan de ser excepciones. El varón español no suele cocinar a menos que lo haga en el llamado fuego comunal.


Por: ©José María Suárez Gallego | Escritos sobre Gastronomía | Comentarios (0) | Referencias (0)