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Viernes, 15 de julio de 2005

Pregón de Semana Santa 2003

Alfonso Jesús Rizo Rodríguez
Doctor en Filología Inglesa. Profesor titular de la Universidad de Jaén.

Guarromán, 11 de Abril de 2003
________________________________________________


Ilustrísimo Sr. Alcalde-Presidente del Excelentísimo Ayuntamiento de Guarromán
Ilustrísimos Concejales Miembros de la Corporación Municipal
Reverendo Señor Cura Párroco
Insignes Hermanos Mayores de las Cofradías de Guarromán: Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Santo Entierro, Señor Amarrado a la Columna, Virgen de los Dolores y Entrada en Jerusalén.
Distinguidos amigos todos.


I.
Es natural que inicie esta intervención con un saludo especial a todos vosotros y unas palabras de gratitud por invitarme a participar en este acto. Hago ésta extensiva al Cronista Oficial de Guarromán, D. José María Suárez, por sus afectuosas palabras de presentación. Agradezco en particular al Concejal de Cultura, D. Antonio Almazán, su afectuosa insistencia para que este año pronunciase el Pregón de Semana Santa un hijo de Guarromán.

Me consta que venís celebrando este acto desde hace ya varios años y tenéis la firme voluntad de contribuir con él a la mayor solemnidad de la celebración de la Semana Santa en nuestro pueblo. Es pues un empeño loable y digno.

Reconozco que siempre he sentido admiración por ilustres oradores que, llevados por hondos sentimientos y un profundo conocimiento de las tradiciones, las cofradías, la imaginería religiosa y las procesiones, han realizado un encendido y apasionado cántico de la Semana Santa, como brillante preludio y elogio de las celebraciones populares de estos días.
Quien os habla se confiesa un pobre conocedor de ese mundo de la Semana Santa enraizado en el saber popular. Por ello, estas palabras no constituyen un pregón tradicional.

Dice el Diccionario de la Lengua Española que “pregón” es:

1. m. Promulgación o publicación que en voz alta se hace en los sitios públicos de una cosa que conviene que todos sepan.

2. Discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella.

Como bien podéis comprobar, este segundo significado del término es al que me he referido antes, cuando hablaba de cántico encendido y apasionado, como brillante preludio y elogio de algo.

A modo de paréntesis, y de forma casual, viene ahora a mi mente, cuando veo la primera acepción de la palabra “pregón”, un buen hombre de este pueblo, a quien, si no recuerdo mal, llamábamos hace ya muchos años “Paquillo, el pregonero”, que con pequeña estatura pero con mucha determinación y voluntad anunciaba de viva voz a todo aquél que ponía atención cualquier acontecimiento de importancia para los vecinos. Primero en la plaza de la iglesia, junto a la Fuente Taza, después en otras esquinas de esta parte del pueblo. A continuación cruzaba la carretera y repetía su anuncio en las otras calles. Recuerdo que su voz llegaba incluso a lugares alejados y servía así de llamada a personas que se acercaban a escucharlo.

Volviendo ahora a lo anterior, os decía que mis palabras no son un pregón entendido a la manera habitual, usualmente de corte literario o histórico. Mal podría yo hacer justicia a la rica tradición de la celebración de la Semana Santa en Guarromán si tuviese que describir sus raíces, la evolución que ésta ha experimentado a lo largo del tiempo, la autoría de las imágenes que salen en procesión por nuestras calles, sus valores artísticos, los múltiples esfuerzos de las cofradías, los desvelos de sus cofrades para hacer posible los desfiles, la historia, en definitiva, de nuestra Semana Santa. Algunas personas que hoy nos acompañan, como el Cronista Oficial de Guarromán (a quien expreso públicamente mi gratitud por proporcionarme algunos datos de las distintas cofradías y sus orígenes), y otros amigos y familiares que ya no están con nosotros sí podrían hablarnos a fondo de todo ello. En mi caso particular, la prolongada ausencia del pueblo durante tantos años tampoco me ayuda a reconstruir todos esos detalles para vosotros.

Sin embargo, no es necesario que venga a hablaros hoy de aquello que conocéis mejor que yo. Siendo así las cosas, únicamente puedo ofreceros como pequeña aportación unas palabras que nacen de unos recuerdos muy queridos por mí, y de mi concepción de la Semana Santa. Es, por tanto, mi intervención una evocación personal y una reflexión. Sirvan una y otra de anuncio de estas celebraciones y de invitación afectuosa a participar en ellas como cristianos.


II.
Al reflexionar en voz alta acerca del significado de la Semana Santa, he de empezar hablando de una herencia recibida de mis abuelos, de mis padres, de mis tíos. La persona hereda sus bienes más preciados, aquéllos que no pueden adquirirse con dinero, de sus progenitores, en el seno de la familia: la vida, el amor, el cuidado, la formación integral humana.

En el ámbito religioso también me considero miembro de una familia. Dentro de ésta he recibido una educación, una fe, unas tradiciones. Parte de los cimientos materiales de esa familia se fundaron precisamente donde hoy nos encontramos, lugar donde se levantaba la casa de mis abuelos maternos.

Los años de la infancia en Guarromán y también en Baños de la Encina me traen abundantes recuerdos relacionados con la Semana Santa. Al hacer ahora acopio de tales vivencias, una idea destaca sobre las demás: las celebraciones en la calle y, en particular, las procesiones eran para aquel niño una auténtica representación de la Pasión de Jesucristo. En el rostro dolorido del Señor Amarrado a la Columna o de Nuestro Padre Jesús Nazareno, en la serena expresión de angustia de la Virgen de los Dolores, o en la palidez mortal de Cristo en el Santo Sepulcro mis ojos, ajenos a cualquier otro detalle exterior, veían una auténtica imagen de lo que habíamos escuchado en la iglesia en los Oficios del Jueves o el Viernes Santo. Observar aquellas procesiones en la calle era como convertir en realidad los textos del Evangelio, como vivir y sentir las escenas de la Pasión narradas por los evangelistas.

Quizás de ahí el afán de los niños por caminar tras las imágenes hasta el final de una procesión, incluso madrugar para ver a Nuestro Padre Jesús Nazareno al venir el día, o llorar al despertar esa mañana y no estar ya en la procesión. Pasos cortos de niño, cogido de la mano de mi querido tío Fernando, en Baños de la Encina, tras el trono de la Virgen de los Dolores, a veces tocando tímidamente su largo manto, que se extendía majestuoso bajo el palio. Ojos infantiles de curiosidad y de conocimiento, de inocencia y de emoción.

Y tras el drama del Viernes Santo, la alegría única de la mañana radiante del domingo, allá en el barrio del Santo Cristo en Baños, cuando la Virgen María y Jesús Resucitado corren veloces, frente al Santuario de Jesús Crucificado del Llano, para encontrarse en un abrazo de madre e hijo, pleno de vida y resurrección. Nuevamente la representación en la calle del acontecimiento más trascendental de la historia humana. La explosión de la música y el tronar de las palmas son sólo una manifestación de la emoción que reina en los corazones. Es la fe popular, de personas sencillas. Dice Jesús, “Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25).

La memoria de la niñez y la adolescencia me lleva a recordar también otros instantes y detalles de la Semana Santa en Guarromán:

- Las ramas de oliva a la entrada de la iglesia, algunas palmas doradas y majestuosas, luego trenzadas por manos artesanas y enlazadas en la forja de los balcones, tras ser bendecidas el Domingo de Ramos.

- El Vía crucis solemne y silencioso del Martes Santo por la noche, acompañamiento a Jesús en su camino a la cruz mediante la consideración de los momentos más importantes de ese itinerario.

- La escena en apariencia sorprendente de personas descalzas sentadas alrededor del altar a quienes el sacerdote lava los pies en la celebración de la Eucaristía el Jueves Santo.

- El fervor en el traslado del Cuerpo de Cristo al Monumento la tarde del Jueves Santo y los turnos de vela del Santísimo.

- Emoción contenida, que a veces desemboca en lágrimas, en la salida de las imágenes de la iglesia.

- Manifestación de penitencia de personas anónimas que, cubiertas por el capirote, soportan en sus hombros una cruz pesada o arrastran los pies descalzos.

- La iglesia abierta toda la noche del Viernes Santo hasta la salida de Nuestro Padre Jesús.

- Las imágenes de la iglesia cubiertas con túnicas. El altar desnudo de su revestimiento. Todo simboliza la muerte de Jesucristo.

- El redoble de tambores en el silencio de la madrugada del Viernes Santo, que se extiende allende los límites del pueblo para alcanzar en su eco a nuestros campos y olivares.

- El Pregón de las Siete Palabras. Lo recuerdo en la calle Alcocer, al mediodía del Viernes Santo. Reflexión en voz alta del sacerdote al rememorar cada una de las frases que pronunció Jesucristo antes de expirar.

- Silencio de las campanas. Sonido seco, bronco y áspero de las carracas, instrumento de madera que llamaba a los Oficios del Viernes Santo. Significan la conmoción, el temblor que experimentó la Tierra en el momento de la expiración de Jesucristo.

- Adoración de la cruz en la iglesia. Veneración del árbol donde estuvo clavada la salvación del mundo.

- Volteo de campanas la noche del Sábado Santo. Velas pequeñas en las manos, encendidas en el fuego. Símbolo de la luz de Cristo en nuestra vida.

- Recogida el Domingo de Resurrección de agua bendecida la noche anterior y aspersión del agua en los rincones de las casas. Cristo es agua viva que llena de vida nuestro hogar.

Sirvan estas vivencias para evocar tradiciones de nuestro pueblo, algunas ya perdidas, superadas por el paso del tiempo, otras lamentablemente olvidadas. Y también para expresar nuestra gratitud y recuerdo a todos los hermanos y hermanas mayores de nuestras cofradías y al resto de los miembros de éstas por sus desvelos para perpetuar esta tradición. Son tantos que no podría nombrarlos a todos. Dios pagará sus esfuerzos.

Cómo no agradecer también la labor entre nosotros de los sacerdotes, hombres de vocación, que, desde sus diferentes personalidades, siempre sirvieron al pueblo de Guarromán, especialmente en estas celebraciones. Muchos de ellos ya se marcharon en pos de Dios. Permitidme que recuerde los nombres de nuestros párrocos, como pequeño tributo de gratitud, homenaje y aprecio:

D. Juan Antonio López Valero (1940 – 23/12/1950)
D. Pedro López López (12/1950 – 28/7/1956)
D. Andrés López Godoy (4/8/1956 – 2/10/1970)
D. Pedro Mira Gómez (17/10/1970 – 30/9/1972)
D. José Manuel Olid Cobo (3/11/1972 – 25/7/1975)
D. Amador Gutiérrez García (12/10/1975 – 2/10/1983)
D. Pedro José Garbín de las Heras (6/11/1983 – 6/1992)
D. Martín Rey Borrás (5/7/1992 – 22/10/1995)
D. Domingo García Dobao (19/11/1995 – hasta la actualidad)

Y también otros sacerdotes hijos del pueblo, ya fallecidos, como D. Santiago Cózar López y D. Antonio Sánchez Garzón.


III.
Desearía ahora ahondar, aunque sea brevemente, en el significado de lo aquí nos convoca: la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Utilizaré para ello los propios textos de los Evangelios. Nada mejor que ellos puede ayudarnos a comprender estos hechos. También citaré algún libro que nos ilumina especialmente.
Para todos nosotros, cada uno desde su experiencia, desde su fe particular, desde su vida concreta, esta fiesta religiosa es importante, ya la vivamos en la iglesia, como Pascua, esto es, “paso” de la esclavitud a la libertad (así era para los antiguos israelitas), del pecado al perdón, de la muerte a la vida, de la fugacidad de nuestro mundo a la eternidad del otro, o en la calle, como conjunto de celebraciones religiosas populares que reviven o conmemoran “la cruz y la gloria de Jesús”, según diría José Luis Martín Descalzo.

Todos somos cristianos y para los cristianos el triduo pascual es el corazón mismo de nuestra fe, su núcleo. Después de venir a este mundo y nacer de la Virgen María, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, anunció a todos su mensaje de amor y perdón, sufrió una cruel pasión y muerte en la cruz y resucitó al tercer día.

La trascendencia de estos acontecimientos sobrepasa cualquier otro hecho de nuestra civilización, simplemente por su dimensión sobrenatural, divina, que penetra en el corazón de cada hombre, de cada mujer y los transforma. Nada es igual en la historia humana a partir de ese momento hace dos mil años.

Cada uno de nosotros vive esa realidad de forma particular, quizás con distintos grados de intensidad, de fe, o de coherencia, pero a todos nos llega el mensaje de Jesús, todos tenemos algo que aprender de esta conmemoración. ¿Por qué no preguntarnos ahora por lo que ésta significa para nosotros?

En definitiva, como dijo Juan Pablo II en su Carta a los Jóvenes, con ocasión de la celebración del Año Internacional de la Juventud, en 1985, “el hombre sin Dios no puede comprenderse a sí mismo ni puede tampoco realizarse sin Dios. Jesucristo ha venido al mundo ante todo para hacer a cada uno de nosotros conscientes de ello” (op. cit.: 17). Un amigo entrañable y bueno, Fernando Chica Arellano, sacerdote y en la actualidad Secretario del Nuncio de su Santidad en Colombia, lo expresa también de una manera muy sencilla: “Este mundo nos habla de dos cosas: de nuestra pequeñez y de la misericordia de Dios, de la pequeñez del hombre sin Dios y de la grandeza del hombre con Dios”.

Detengámonos ahora, pues, a examinar algunos hechos que rememoramos.
El Jueves Santo es ante todo el día del amor fraterno. Antes de beber su amargo cáliz, Jesús se reúne con sus discípulos. Dice el evangelista San Juan: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Quiere hablarles, estar con ellos, hacerles confidencias de amigo, enseñarles y, finalmente, ofrecerse a ellos en su mismo Ser a través del pan y del vino. Es su despedida íntima. Todo sencillo, todo divino, como bien refleja un precioso poema compuesto en la Semana Santa de 1968 por una anciana señora de Madrid, anónima para vosotros (Dª Eugenia), a quién mi padre conoció hace muchos años y que a veces venía a Guarromán en estas fechas.


CON DIVINA SENCILLEZ

Unos racimos de uva de una cepa
De otras cepas hermanas.
Las espigas de un haz, como las otras,
Tan rubias y lozanas.
Una tarde que muere en Palestina.
Pajarillos que cantan.
Un lirio que perfuma y embelesa,
Cuyo símbolo encanta.
Unas rosas que suben y se asoman
Mirando por la tapia.
Mientras los aires cruza, primorosa,
Una paloma blanca ...
Un Joven admirable en su treintena
Que sus ojos levanta.
Y los cielos sonríen y las nubes
Aún parecen más blancas.
Una sala adornada y una Mesa.
Los doce rudos hombres se adelantan
Y escuchan que les llama sus amigos ...
Se asombran y se espantan.
Y la voz del Rabí, nunca más dulce:
“Comed mi Carne, bebed mi Sangre Santa”.
Y Juan, estremecido, se reclina
En el pecho de Dios ... ¡Distinción tanta!
Que quizás el ángel mismo envidiaría,
Si pudiera envidiarla.
El prodigio de amor se ha consumado
Con SENCILLEZ DIVINA que me encanta.

Es muy llamativo que en el libro Vida y Misterio de Jesús de Nazaret, su autor, un gran hombre, sacerdote ya fallecido, extraordinario comunicador, José Luis Martín Descalzo, describa la Santa Cena en un epígrafe titulado precisamente “Bajo el signo de la sencillez”. Así narra la escena en ese libro maravilloso, que os recomiendo:

“[Los apóstoles] Ven que toma de la mesa uno de los panes, uno cualquiera, [...] le ven que lo bendice como tantas veces ha hecho [...] Lo parte en trozos, que da a quienes se sientan a su derecha y a su izquierda. Al hacerlo, dice unas palabras, a la vez, sencillas y misteriosas. Les invita a comer todos de él [...] Ahora le ven tomar la misma copa que ha usado durante la cena. La llena del mismo vino que han usado; la levanta dando gracias a Dios; se la pasa a su vecino [...] Esperan que Jesús explique [...] Pero calla. No hay en su boca exclamaciones, no las hay tampoco en las de los once que beben. No se producen éxtasis ni resplandores, no hay brillo de milagros. No hay incienso ni trompetas [...] Sólo una tercera frase misteriosa —y también tan sencilla— en la que se les ordena que repitan estos gestos en memoria suya. Se ha hablado de pan y de vino, de carne y de sangre, de entrega y de pecado. [...] Mas los apóstoles saben que algo decisivo ha ocurrido. Lo ‘saben’, no lo entienden. Aquellas frases —no comprenden por qué— les han sonado como palabras creadoras, gemelas de aquellas, tantas veces leídas, con las que Yahvé hizo la luz, el mar y las estrellas. Pero aún tardarán mucho en entender qué ‘creación’ es la que han presenciado.” (op. cit.: vol. 3: 165-166).

Se trata, como bien sabéis, de la creación o institución de la Eucaristía, la donación misteriosa de Dios al hombre para que participe de su Ser, de su Divinidad, horas antes de la inmolación de su Cuerpo y su Sangre en la Cruz, expresión máxima de su entrega. “Me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20), dice San Pablo.

Una obra clásica como El Drama de Jesús, de José Julio Martínez, describe este gesto como sigue: “Y porque nos amó hasta el exceso, se quedó con nosotros para siempre, nos alimenta con su Cuerpo y Sangre, se ofrece en Sacrificio por nuestra salvación. [...] La vista, el gusto, el tacto, se engañan al intentar descubrir tu esencia. Pero firmemente creemos al oído; y en el oído no cesan de sonar las palabras de Jesús: ‘Esto es mi Cuerpo ... Esta es mi Sangre’” (op. cit.: 239-240).

De ahí que adoremos en la noche del Jueves Santo y toda la mañana del Viernes Santo al Santísimo, o “Jesús escondido”, como les gustaba llamarlo a Lucía, Jacinta y Francisco, los tres pastorcillos de Fátima, en Portugal. Es un momento de intimidad con el Señor, de plegarias a Él, de recuerdo de seres queridos, de unión con Él, siguiendo su propia invitación. Juan, el discípulo predilecto de Jesús, la describe así en su Evangelio: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece conmigo y yo con él es quien da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5-6).

Pero antes de eso, Jesucristo nos enseña el valor supremo del servicio a los demás en el acto del lavatorio de los pies: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y con razón, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros, porque os he dado ejemplo para que hagáis vosotros lo mismo que yo he hecho” (Jn 13,13-16).

Y a continuación nos hace un encargo sencillo y exigente a la vez, síntesis de toda ley humana y divina, que encierra una manera única de vivir: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, amaos también vosotros. En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os amáis unos a otros” (Jn 13,34-35).
Y añade el autor de El Drama de Jesús “El Maestro está conmovido con todos los misterios de esta noche. [...] Costábale despedirse de los suyos, y quería vaciar en ellos su Corazón.” (op. cit.: 243). Por eso les dice estas palabras:

“Igual que mi Padre me amó os he amado yo. Manteneos en ese amor que os tengo, y para manteneros en mi amor cumplid mis mandamientos. [...] Os dejo dicho esto para que compartáis mi alegría y así vuestra alegría sea total. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Seréis amigos míos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su amo; os llamo amigos porque os he comunicado todo lo que he oído a mi Padre. No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os elegí a vosotros y os destiné a que os pongáis en camino y deis fruto, y un fruto que dure; así, lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará.” (Jn 15,13-16).

Éste es su mensaje de amor y servicio. Ahora se encamina al sacrificio en la Cruz. Viernes Santo: Cruz, Perdón, Redención.
Tras ser atrozmente azotado y flagelado, Jesús sufre escarnio y burla humillante, es aborrecido de las muchedumbres y finalmente condenado por las autoridades. Inicia así el Via Crucis, camino de la Cruz en el Calvario. Jesús, ya extenuado, carga con el pesado madero y parte hacia la culminación de su martirio. Su esfuerzo es supremo y cae bajo el peso de la cruz en tres ocasiones. “Maltratado, se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero” (Is 53,7). Según la tradición cristiana, en el camino se encuentra con su Madre. Encuentro lleno de dolor para los dos, que José Luis Martín Descalzo (1998) narra con toda piedad y devoción:

“Se miran. Y en la mirada se abrazan sus almas. Y el dolor de los dos disminuye al saberse acompañados. Y el dolor de los dos crece al saber que el otro sufre. Y luego los dos se olvidan de sus dolores para unirse en la aceptación. Es ahí, en la común entrega, donde se sienten verdadera y definitivamente unidos. Lo que en realidad distingue a estos dos corazones de todos cuantos han existido no es la plenitud de su dolor, sino la plenitud de su entrega. Quizás otros han sufrido tanto como ellos, pero nadie lo hizo tan amorosa y voluntariamente.” (op. cit.: 307).

Un buen hombre ayuda a Jesús a llevar la Cruz. Dice el Evangelio “Mientras lo conducían, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús.” (Lc. 23,26-27). José Luis Martín Descalzo explica el significado de ese hecho: el Cirineo, sin saberlo, estaba cumpliendo unas palabras pronunciadas por Jesús: “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). Para nosotros es todo un signo de abnegación y también de servicio al hermano caído. Este hombre debió recibir a buen seguro una mirada de profunda gratitud divina que cambiaría su vida.

Tras ser despojado de sus vestiduras, Jesús es crucificado entre dolores insufribles y su primera frase es “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Señal suma de misericordia y perdón de un Dios Todopoderoso, que ha renunciado a toda defensa, a todo auxilio, y que se muestra, sobre todo, como Todomisericordioso, según señala Fernando Chica Arellano. Dice este sacerdote que “el hombre es lo que es su capacidad de perdonar”. En la mirada de Cristo, casi asfixiada por los rigores extremos de la cruz, tenemos un ejemplo sublime de perdón.

En la hora de su muerte se encontraban junto a Él varias mujeres, su Madre y Juan. “Al ver a su madre y a su lado al discípulo preferido, dijo Jesús: —Mujer, ése es tu hijo. Y luego al discípulo: —Esa es tu madre” (Jn 19,26-27). Momento único en el que María recibe el encargo de ser Madre espiritual de toda la humanidad. María adquiere una nueva forma de maternidad. Desde entonces así la invocamos: “Dios te Salve, Reina y Madre de Misericordia”.

Después Jesús encomienda su Espíritu a Dios y expira. La redención del mundo se ha cumplido, aunque a veces no seamos dignos de ella por nuestra infidelidad a Jesucristo. Lo expresaba así Lope de Vega en sus Rimas Sacras escritas en el año 1614:

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,
y cuántas con vergüenza he respondido,
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado!

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una Cruz asido,
y atrás volví otras tantas atrevido,
al mismo precio que me habéis comprado.

Besos de paz os di para ofenderos,
pero si fugitivos de su dueño
hierran cuando los hallan los esclavos,

hoy me vuelvo con lágrimas a veros;
clavadme vos a vos en vuestro leño
y tendreisme seguro con tres clavos. (Rima XV)

Es un momento especial en que los cristianos adoramos la Cruz, pedimos perdón y elevamos plegarias, en especial por todos aquéllos que sufren y por la paz en las familias y en el mundo.
Ha querido el pueblo reflejar de variadas formas sus sentimientos de compasión, ternura y pena por la muerte de Jesucristo en la Cruz. Una de las más extendidas es la pintura y la escultura. Las imágenes de Semana Santa quieren ser ante todo reflejo de esos sentimientos. La música religiosa, la saeta son otras expresiones similares. La piedad popular también se plasma en hondas manifestaciones literarias ante la imagen de Cristo Crucificado. Tal es el caso de un soneto anónimo que con toda devoción recita el pueblo de Higuera de Arjona al Señor de la Capilla y que hoy transcribo gracias a mi esposa.

No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme ver tu Cuerpo tan herido;
Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
Que, aunque no hubiera cielo, yo te amara
Y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
Pues, aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero, te quisiera.

Pero la muerte ha sido vencida por Jesucristo. Madrugada gloriosa del Sábado. Fiesta de la vida, de la luz y el agua. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24,6). Y añade el evangelista: “No está aquí, ha resucitado”. Siempre he sentido una emoción especial al leer o escuchar la escena de los discípulos de Emaús. Andaban tristes y perdidos, como muchos de nosotros a veces; no reconocían a Jesús Resucitado, que se les aparece en el camino. Algo, un atisbo de fe tal vez, les lleva a pedirle: “Quédate con nosotros” (Lc 24,29). Al partir el pan se dan cuenta de que es Él. Entonces se les abren los ojos y se llenan de júbilo.

Jesús no nos defrauda. Está ahora aquí en medio de nosotros: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).


IV.
Deseo que en esta Semana Santa todos experimentemos el significado de aquello que vivimos en las procesiones y en la iglesia. Que miremos con ojos de niño y corazón de cofrade las imágenes en la calle y que nos sintamos amigos cercanos de Jesús en la iglesia y fuera de ella, amparados por Él.
Quisiera terminar volviendo al principio. Todos somos herederos de nuestra familia. Juan Pablo II en su Carta a los Jóvenes, antes citada, lo expresa de una forma muy sencilla y reveladora:

“Al dejar al padre y a la madre, cada uno y cada una de vosotros contemporáneamente, en cierto sentido, los lleva dentro consigo, asume la herencia múltiple, que tiene su comienzo directo y su fuente en ellos y en sus familias. De este modo, aun marchando, cada uno de vosotros permanece; la herencia que asume lo vincula establemente con aquellos que se la han transmitido y a los que debe tanto. Y él mismo —ella o él— seguirá transmitiendo la misma herencia.” (op. cit.: 44).

Nos corresponde, pues, comunicar nuestra fe a nuestros hijos. Con tal propósito erigió el pueblo de Guarromán el monumento al Sagrado Corazón de Jesús en Junio de 1950. Decía mi querido padre en un artículo dedicado a ello en 1988: “Que las nuevas generaciones sepan cuál fue y cuál es la fe, el amor y el sacrificio de sus mayores [...]. Un sacrificio y amor que se fundieron con la piedra a perpetuidad, para que, de esta manera, persevere la fe de las generaciones venideras.” (op. cit.: 1).

A modo de epílogo de este pregón, quisiera ahora recitar con vosotros, con nuestros hijos, con nuestras familias, unos versos compuestos por Mario de la Blanca Noriega, poema y oración a la vez. Los encontráis en la estampa de “El Abuelo” de Jaén que os ha traído como recuerdo:

PADRENUESTRO A JESÚS NAZARENO

Padrenuestro, Jesús Nazareno,
Tú que reinas en el Cielo
Y bajas a esta tierra de olivos,
Arrastrando la Cruz de nuestros pecados.

Sea Tu Nombre Santo
Y extiende sobre nuestras almas
Tu Reino Glorioso, para darles de vivir.
Que Tu Muerte es nuestra Vida
Y Tu Cruz nuestra Senda.
Lleva nuestro torpe caminar
Al sendero de Tu Verdad,
Lo mismo aquí abajo en nuestra tierra
Que arriba a la diestra del Padre
Para que Tu Reino, Señor,
Se pose sobre nuestras cabezas.

Haz que hoy no nos falte el Maná.
Misericordia y perdón, Cristo Bueno,
Para mis culpas y las de mis hermanos.
Ahuyenta todas las tentaciones
Con que el Ángel Infiel y Caído
Acose nuestro débil corazón.

¡Sálvanos, Jesús Nazareno!
De todos los males del mundo
Y ten piedad de nosotros, Señor.


Por: ©José María Suárez Gallego | Publicaciones | Comentarios (0) | Referencias (0)

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